A los 18 años, sus padres arreglaron que contrajera matrimonio con su amigo Martín de Álzaga, quien le llevaba 32 años, un detalle menor, ya que de Álzaga poseía una gran riqueza y vastas extensiones de tierras. La tragedia comenzó a rondar a la familia, porque a los pocos años, su primer hijo murió de fiebre amarilla, cinco meses después falleció su marido por la tristeza de la pérdida del primogénito, un día antes del nacimiento de su segundo hijo, que también murió de fiebre amarilla.
A los 24 años, Felicitas quedó sola, con una gran fortuna. Codiciada por varios jóvenes de la sociedad, entre los que figuraba Enrique Ocampo, repartía su tiempo entre los salones de su casa de Barracas y el campo La Postrera, cuya mansión hoy se puede ver desde la ruta 2 y que llegaba hasta el mar, donde hoy está Pinamar. Felicitas se enamoró de un vecino del campo y decidieron casarse. El 30 de enero de 1872, día del compromiso, Enrique Ocampo esperó a Felicitas en el salón. Discutieron. Enrique, en un ataque de celos, saco una pistola y baleó a Felicitas por la espalda.
Hoy, al cruzar el Salado y ver el “castillo” entre los árboles, miles de viajeros recuerdan, aún sin conocer bien la historia, la trágica muerte de Felicitas Guerrero. Un femicidio que ahora es leyenda.

